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miércoles, 20 de marzo de 2013

A Sweet as Ending, Bro!


Como decía, cosas buenas y cosas malas. Después de una bella jornada 100% de turista conociendo el majestuoso fiordo de Milford Sound (belleza pura) y comer una legendaria FergBurger, el 26 de febrero de 2013 amanecí solo, acalambrado y confundido en el asiento trasero de mi auto. Todo mejoró un par de horas después: me tiré del salto bungy más alto de Oceanía (¿?). Peeeero al ocaso de ese mismo día estaba 600 km al Norte, al costado de una ruta secundaria con mi auto despidiendo humo por el capot, y ningún rastro de civilización visible.

La vista desde el borde, antes de caer

Pero Dios siempre ayuda (si no pregúntenle a Francisquito I). Y más todavía por esos lados. Una hora más tarde estaba cenando con una bellísima familia, que me había hospedado junto con mi chica un par de meses antes. Otra vez como en casa. Con mi Pseudo Papá intentamos hacer funcionar el auto al día siguiente, sin resultado. El auto fue vendido como chatarra.
Ya habiéndome despojado de tan pesada carga material me encontré liviano y libre; así fue que extendí las alas y volé de Christchurch a Wellington, la agradable ciudad capital.





Me reencontré con mi Chin Yin - todavía con un bronceado que sólo puede ser forjado en Fiji – y durante el siguiente mes y medio recorrimos la Isla Norte de punta a punta, a dedo. Cada semana cambiábamos de lugar, parando en granjas o casas usando el sistema HelpExchange o WWOOFing (trabajando cuatro-cinco horas por día en jardines o granjas a cambio de alojamiento y comida).
Así en esta etapa final de nuestro viaje realmente empezamos a frecuentar gente de aquí. Antes cosechábamos o empacábamos frutos, siendo casi todos extranjeros en el ambiente de trabajo, y compartíamos hostel o vivienda con extranjeros.

       Las bellísimas feijoas que cosechamos

La gilada laburadora de Waipapa





Pero este breve episodio final del viaje nos permitió conocer realidades insospechadas, como la existencia de numerosas pandillas, la relación entre la caída del yen y la urbanización de la campiña en NZ, el Lejano Norte (Northland) como epicentro de la vagancia + planes sociales + robos (¿+ maori?), etc.

Diversidad de personajes pasaron por nuestras pupilas -y, a veces, por nuestros corazones-, compartiendo su casa o su auto, o incluso una bolsa de duraznos al costado de la ruta... pero fundamentalmente un pedacito de sus vidas. Leñadores, docentes, empresarios, hippies, granjeros, músicos, gente misteriosa, amas de casa, etc. También entendimos elementos que a priori no pensábamos encontrar representados aquí: los orígenes del rebrote del racismo nord-europeo, las pretensiones de Croacia y la hospitalidad en Bosnia, los modales en Omán y la frivolidad en los Emiratos Árabes, las asquerosas golosinas holandesas...


Tipo muy humilde y copado. Lió un cigarrillo en 2,8 segundos. Mientras manejaba.


Bombón haciendo dedo :)

Tipo duro, muy duro. Al lado el conductor, vestido de negro.


En fin, aprendimos (o creemos haber aprendido) varias cosillas.
  1. No, hacer dedo no es peligroso/incómodo/una pérdida de tiempo).
  2. Sí, la gente es intrínsecamente generosa, sólo parece no serlo en algunos lados por la inseguridad o algún otro factor.
  3. Sí es posible viajar sin gastar dinero (en promedio usamos dos dólares por día per cápita)
  4. Sí, el salto bungy es caro e increíblemente corto. ¿Vale la pena? Creo que sí.
  5. Sí, cualquiera -CUALQUIERA- puede aprender lo necesario para vivir o viajar dondesea en el mundo: a cosechar arándanos, plantar frutillas, manejar por la izquierda, envolver pallets de pescado, bailar y causar risa para hacer dedo, jugar juegos para tomar, transportar sólo lo estrictamente necesario como equipaje, comer por monedas, hablar un poco de chino, tocar el ukulele, jugar al bádminton, meditar en un templo budista o cocinar comida malaya.

¿Lleva un tiempo acostumbrarse al acento y realidad neocelandeces? SÍ.
¿Vale la pena? Definitivamente, HELL YEAH, BRO!



Me hacía preguntas, antes

Para qué rezar si ya te tengo
Para qué formalizar si ya me vuelvo
A mirar el Sol desde otro lado
A comer pastafrola, alfajor y asado

Por qué vas a llorar si estás conmigo
Por qué menospreciás a aquel mendigo
Que te recuerda que nada poseemos
Y hay tantas cosas que no entendemos

Dónde estarás cuando te llame
Dónde estaré cuando me extrañes
Y me dediques poemas y nostalgias
Y te llenes de ibuprofenos y de cafias

Quién me esperará en mi retorno
Quién decorará de tu casa el entorno
Un jardín con gladiolos, enanos y jaulas
Para los pájaros, sádicas aulas

Cómo vamos a volver a vernos
Cómo cambiar del reloj el perno
Si la distancia es densa, inmensa
Y el reloj sopesa mi torpeza

Cuándo decidirás aceptar a otro
Cuándo batiré a duelo a un mostro
El de la duda y la indolencia insana
No sé si buscarte, siestear, o nada

Qué te atrajo de este tipo
Que no es fachero, audaz ni rico
Es como yo, que no supo elegirte
Se trata de mí, el que te dejó irte

miércoles, 20 de febrero de 2013

Lo que el Cherry nos dejó



-¡Andá a ese árbol, chabón, que ahí vienen los franceses y se van a agarrar todas las buenas!

Muchas realidades distintas coexistieron durante la cosecha de la cereza en Cromwell. Hubo varios eventos desafortunados, sí. Así como también algunos aventureros obtuvieron las recompensas prometidas por el inconsciente colectivo de la comunidad latina en NZ.

En mi caso, todo empezó hace muuucho tiempo.
Con mi groso amigo Ricky postulamos para ser clasificadores/evaluadores de calidad de cerezas para una pequeña compañía seis meses atrás, una lluviosa mañana de julio en la acogedora ciudad de Nelson.

Olvidé todo hasta Navidad, cuando el espíritu capitalista de Santa Claus me poseyó y me engatusó con argumentos como “dale, vamos a las cherries, es buena plata, seguro va a haber joda como en la temporada de kiwis en Te Puke, copate”.
Empaqué todo (es decir, arrojé violentamente mis mugrosas posesiones al baúl del auto), dejé a mi chica que en breve se iría a las playas de Fiji a caretear polinésicamente con sus amigas, y llegué a Cromwell una mañana fría, lluviosa, ventosa, tal como cuando postulé en pleno invierno. Incluso nevaba en las sierras aledañas al pueblo; el clima impredecible sería constante. Constante dolor de huevos.
Llovió el día que teníamos que empezar a trabajar, seguía nevando arriba. Al día siguiente, 27 °C de máxima, pero había que esperar a que las cerezas se secaran para que no se pudrieran al almacenarlas. Al otro día, lluvia de nuevo. Fuck. Encima no hay NADA para hacer que no sea trabajar, en esta pequeña pero pretenciosa localidad.
Cuando por fin empezamos a trabajar el buen humor renació en nuestros codiciosos corazones. Diez horas el primer día, moviendo baldes o seleccionando cerezas, cobrando NZ$16 por hora. Joya. Empezamos a hacer cálculos, proyecciones, horóscopos precolombinos. Esa noche soñé con un café en París.
Segundo día, luego de dos horas fuimos informados del agotamiento de las reservas de cerezas, por lo que tendríamos que esperar a que se cosecharan más, ¡cuatro días “libres” antes de volver a trabajar! Esa noche soñé con Lita de Lazzari y latas de picadillo de carne sobre galletas Marolio.

Ahí recordamos que la pasividad y la paciencia a veces pueden ser confundidas. Pero no por nosotros, pre-pelotudos laborales que subsistieron tres meses en Nelson trabajando sólo cuando el gordo de la agencia de trabajo se dignaba a darnos laburo por el día y prometiendo más horas para la siguiente semana, cosa que nunca ocurrió.
Movimos cielo y tierra -queda mejor que explicitar que llamamos sólo a dos lugares- hasta que encontramos trabajo como cosechadores/recolectores (pickers) para otra compañía con muuuuchos huertos de cereza.
Para describir brevemente, el sistema es sencillo: uno tiene un arnés del cual se cuelga un balde, y empieza a recoger cerezas cuidadosamente. Cuando el balde está lleno, se deja en el piso y se pega una etiqueta con el propio número de empleado. Los baldes son revisados periódicamente con más o menor dedicación. El pago al empleado casi siempre fluctúa entre NZ$4 y NZ$8.
Y bueno, empezamos excelente, buena fruta, supervisores copados, trabajando al ritmo que uno desea, tomando pausas o no, hablando, escuchando música foránea e incluso la posibilidad de bailar coreografías o flashmobs.
Pero había gente el doble de rápida, es decir que juntaban el doble de baldes de fruta y por lo tanto el doble de dinero. ¿Cómo hacían? Pregunté aquí y allá, luego de observarlos y no encontrar ninguna habilidad sobrehumana o velocidad epiléptica.
-No te preocupes por la calidad, excepto la fruta que queda a la vista. Abajo podés poner lo que quieras- me dijo un pícaro y desgarbado francés.

Cuando intenté poner en práctica la nefasta praxis, fruto de la novedosa “viveza criolla” francesa, todo parecía ir a las mil maravillas. Agarraba prácticamente cualquier cosa, sin preocuparme por la calidad, excepto en la fruta en la superficie del balde.
Fenómeno, treinta y un baldes ese día, mucho dinero.
Después de un par de días de lluvia en los que no se trabajó, volvimos con todo, ya alertados mis amigos de que la estrategia corrupta andaba bárbaro. Excepto que a media mañana el supervisor me llamó y me dio un papelito prolijo y formal. “Esto es una carta de advertencia… tu fruta del viernes fue de una calidad pésima, si sigue ocurriendo quizá recibas una visita de unos amigo grandotes a los que les gusta mucho hablar… con sus puños”.
Ah, no, lo último se me traspapeló de alguna película pedorra de matones. Pero lo de la carta es cierto. Y merecido, en verdad. Eso es lo lindo de los malos hábitos, que aunque en algunos casos parezcan lo más conveniente, en verdad siempre son castigados.
Aunque yo fui el único que recibió carta de advertencia, muchos otros hicieron desmanes similares, por lo que los peces gordos de la empresa decidieron ponernos bajo el mando de un supervisor recio y de antecedentes castrenses (cabo segundo en la última guerra contra los maoríes rebeldes, según cuentan). Molesto como pocos, el chabón. Encima se notaba que había superpoblación de pickers (recolectores) por lo que en cinco o seis horas por día terminábamos los lotes de mierda que nos tocaban, con poca fruta y sólo en las copas de los cerezos.



Así que un día con Ricky, mi capo compa chino, decidimos cambiarnos a la mayor empresa de todas, NZ Cherry Corp. Y ahí fuimos. Y estuvo bueno, mayormente. El caso es que a veces tocaba recolectar la fruta que no estaba madura en la primera recolección. Ahí se complicaba para obtener dinero. Pero un par de días de excelente fruta y bastante calorcito, luego de once horas -parando sólo un par de veces para visitar los exquisitos baños químicos y volver corriendo- engañando la sed y el hambre (ya se imaginarán con qué)* se pudo hacer un dinero aceptable.
Al final de la temporada, cuatro semanas, finalmente terminamos obteniendo el mismo dinero que en la mayoría de los otros empleos estacionales, pero con la ubicación estratégica del pueblo pudimos visitar muchos otros lugares, al estilo Bariló-S.M. de los Andes, y otros aún más maravillosos (Milford Sound, alto fiordo).
Después de invertir un dinerillo en arreglar el auto para obtener la renovación de la WoF (garantía de buen funcionamiento, como la VTV en Argentina), y de invertir igual cantidad de dinero en actividades increíbles e inolvidables,  emprendí un largo viaje, desde Queenstown a Christchurch, 600 aburridos kilómetros, teniéndome a mí mismo como única compañía. Alto fiasco.
Dos grandes cosas estaban a punto de suceder, una muy buena y otra muy malita…

* No, la respuesta no es “merca”.

Un poema bien copado, para variar:


Poema 20

Puedo escribir los versos más tristes esta noche.

Escribir, por ejemplo: «La noche está estrellada, 
y tiritan, azules, los astros, a lo lejos.» 

El viento de la noche gira en el cielo y canta. 

Puedo escribir los versos más tristes esta noche. 
Yo la quise, y a veces ella también me quiso. 

En las noches como ésta la tuve entre mis brazos. 
La besé tantas veces bajo el cielo infinito. 

Ella me quiso, a veces yo también la quería. 
Cómo no haber amado sus grandes ojos fijos. 

Puedo escribir los versos más tristes esta noche. 
Pensar que no la tengo. Sentir que la he perdido. 

Oír la noche inmensa, más inmensa sin ella. 
Y el verso cae al alma como al pasto el rocío. 

Qué importa que mi amor no pudiera guardarla. 
La noche está estrellada y ella no está conmigo. 

Eso es todo. A lo lejos alguien canta. A lo lejos. 
Mi alma no se contenta con haberla perdido. 

Como para acercarla mi mirada la busca. 
Mi corazón la busca, y ella no está conmigo. 

La misma noche que hace blanquear los mismos árboles. 
Nosotros, los de entonces, ya no somos los mismos. 

Ya no la quiero, es cierto, pero cuánto la quise. 
Mi voz buscaba el viento para tocar su oído. 

De otro. Será de otro. Como antes de mis besos. 
Su voz, su cuerpo claro. Sus ojos infinitos. 

Ya no la quiero, es cierto, pero tal vez la quiero. 
Es tan corto el amor, y es tan largo el olvido. 

Porque en noches como ésta la tuve entre mis brazos, 
Mi alma no se contenta con haberla perdido. 

Aunque éste sea el último dolor que ella me causa, 
y éstos sean los últimos versos que yo le escribo.


Pablo Neruda

martes, 8 de enero de 2013

Tratado sobre la sutileza y el desmalezado


Después de una semana en Christchurch, sólo habíamos logrado una magra promesa de entrevista en un lavadero de autos; seguramente las condiciones para obtener el puesto habrían sido adoptar a El Guachón como grupo (de cumbia) predilecto, vestir andrajos y apestar a tinto bien tobara. Pero evidentemente la llamada nunca llegó, como todas esas cosas lindas que una entidad superior (papi, el Jefe, Nelson Mandela, Dios, etc.) promete y al final se desvanecen en una nube de pedo incertidumbre y ambigüedad.
De rebote, lo que llegó fue una breve estadía en la que sus responsables denominan “el sueño de toda familia kiwi”: una casa grande y moderna en medio de un jardín de 2 hectáreas (puesto #35 en el libro de los mejores jardines de NZ) con vacas, patos, ovejas, gallinas, ponies, pileta, tractor, arroyito con kayak, etc. (no sé qué es el “etc.”, jaja).
Caímos con mi muchacha a hacer help exchange nuevamente. Lo que hicimos: trabajo ligero en el jardín (que incluyó algo de desmalezamiento, for the record). Y podar algo, recolectar delicadamente semillas de frágiles florecillas, intentar mover una roca gigante, etc. Lo que obtuvimos: altas comidas caseras y productos gourmet (margarina de oliva, hummus, quesos finoli), birras en la pileta, charlas cálidas, pero fundamentalmente sentirnos parte de la familia: el primer día fuimos al acto de fin de curso de la muchacha de la casa, otro día suspendimos las labores para compartir un “té matinal” con visitas, y el último día incluso una barbeque (que es como un asado, pero más trucho, según la biblia fizukiwi.blogspot.com) con varias familias amigas.
Resumen, en cinco días tachamos varios puntos en la “lista de cosas a experimentar en un viaje así”. Invaluable.

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En esos días recibimos un llamado de una agencia de empleo en un pueblo cercano, para “ir a laburar al campo”, no más específico que eso. Pero bueno, trabajo rentado significa más viaje, así que rumbeamos para Ashburton, sin saber nada aún acerca de los temibles... brócolis mutantes.
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Seguimos sin saber nada, igual, sólo un truco de suspenso barato, al igual que el título del posteo.
De lo que sí sabemos es de arrancar los primordios florales (las flores aún verdes y cerradas) de azucena en campos extensísimos. Miles, hijas de puta. Agachados o encorvados bajo el implacable sol de la región de Canterbury.
Para variar, por suerte, hubo que desmalezar campos de cebolla y de centeno. El primero, ocho horas en cuclillas, tengo los cuádriceps el doble de grandes. El segundo, es como ser perseguido por velocirraptors o Jeepers Creepers a través de las altas espigas apiñadas, que no permiten el paso a menos que pises unas cuantas. Y uno siempre mira hacia atrás, pero el centeno es muy alto y siempre puede haber algo escondiéndose ahí.
Así es la vida en Ashburton, un pueblo sin muchas distracciones, sin peculiaridades, sin lujos... en fin, sin nada.
Así también se vivió la previa de una de las etapas laborales más prometedoras en la vida del backpacker (mochilero), cargada de beatitud y emoción aventurera: la cosecha de la Cereza en Cromwell.

Continuará... (¿Lo quéee?)

Doce grosos que conocí en el 2012

Antrópologa cumbiera
a todo le ponés pila
un gusto volver a verte
Pérez Camila

Dormilona, encantadora
Compañía a la mañana
te veo en unas semanas
Sussanich Serrana

No me mientas
no me intrigues
Sé quién sos (un pibe groso)
Matías Rodriguez

Sonriendo el pillín
planea sus fechorías
Ganador indiscutible
Julián García

Divertido y chamuyero
Un maestro en ser feliz
Gurú cordobés y sabio
Mariano Ruiz

Al carácter de tu risa
nadie llega a los talones
filósofa posmoderna
Cecilia Gómez

Jodón y carismático
Sabés bien cómo te banco
Celebrity en estas tierras
Ridolfi Franco

Tierna petisa grosera
Voz de pito, o de banana
Aprendí mucho de vos
Cáceres Daiana

Pervert face y slang criollo
Simpáticos y modestos
Entidad inseparable
Santi Lema y Juani Crespo

Conversadora incansable
Compañera y luchadora
Latina hasta lo impensable
Cateryn Rolak

Muy fina y sofisticada
Farmacéutica soñadora
El éxito te persigue
Lorena Loyola