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miércoles, 20 de febrero de 2013

Lo que el Cherry nos dejó



-¡Andá a ese árbol, chabón, que ahí vienen los franceses y se van a agarrar todas las buenas!

Muchas realidades distintas coexistieron durante la cosecha de la cereza en Cromwell. Hubo varios eventos desafortunados, sí. Así como también algunos aventureros obtuvieron las recompensas prometidas por el inconsciente colectivo de la comunidad latina en NZ.

En mi caso, todo empezó hace muuucho tiempo.
Con mi groso amigo Ricky postulamos para ser clasificadores/evaluadores de calidad de cerezas para una pequeña compañía seis meses atrás, una lluviosa mañana de julio en la acogedora ciudad de Nelson.

Olvidé todo hasta Navidad, cuando el espíritu capitalista de Santa Claus me poseyó y me engatusó con argumentos como “dale, vamos a las cherries, es buena plata, seguro va a haber joda como en la temporada de kiwis en Te Puke, copate”.
Empaqué todo (es decir, arrojé violentamente mis mugrosas posesiones al baúl del auto), dejé a mi chica que en breve se iría a las playas de Fiji a caretear polinésicamente con sus amigas, y llegué a Cromwell una mañana fría, lluviosa, ventosa, tal como cuando postulé en pleno invierno. Incluso nevaba en las sierras aledañas al pueblo; el clima impredecible sería constante. Constante dolor de huevos.
Llovió el día que teníamos que empezar a trabajar, seguía nevando arriba. Al día siguiente, 27 °C de máxima, pero había que esperar a que las cerezas se secaran para que no se pudrieran al almacenarlas. Al otro día, lluvia de nuevo. Fuck. Encima no hay NADA para hacer que no sea trabajar, en esta pequeña pero pretenciosa localidad.
Cuando por fin empezamos a trabajar el buen humor renació en nuestros codiciosos corazones. Diez horas el primer día, moviendo baldes o seleccionando cerezas, cobrando NZ$16 por hora. Joya. Empezamos a hacer cálculos, proyecciones, horóscopos precolombinos. Esa noche soñé con un café en París.
Segundo día, luego de dos horas fuimos informados del agotamiento de las reservas de cerezas, por lo que tendríamos que esperar a que se cosecharan más, ¡cuatro días “libres” antes de volver a trabajar! Esa noche soñé con Lita de Lazzari y latas de picadillo de carne sobre galletas Marolio.

Ahí recordamos que la pasividad y la paciencia a veces pueden ser confundidas. Pero no por nosotros, pre-pelotudos laborales que subsistieron tres meses en Nelson trabajando sólo cuando el gordo de la agencia de trabajo se dignaba a darnos laburo por el día y prometiendo más horas para la siguiente semana, cosa que nunca ocurrió.
Movimos cielo y tierra -queda mejor que explicitar que llamamos sólo a dos lugares- hasta que encontramos trabajo como cosechadores/recolectores (pickers) para otra compañía con muuuuchos huertos de cereza.
Para describir brevemente, el sistema es sencillo: uno tiene un arnés del cual se cuelga un balde, y empieza a recoger cerezas cuidadosamente. Cuando el balde está lleno, se deja en el piso y se pega una etiqueta con el propio número de empleado. Los baldes son revisados periódicamente con más o menor dedicación. El pago al empleado casi siempre fluctúa entre NZ$4 y NZ$8.
Y bueno, empezamos excelente, buena fruta, supervisores copados, trabajando al ritmo que uno desea, tomando pausas o no, hablando, escuchando música foránea e incluso la posibilidad de bailar coreografías o flashmobs.
Pero había gente el doble de rápida, es decir que juntaban el doble de baldes de fruta y por lo tanto el doble de dinero. ¿Cómo hacían? Pregunté aquí y allá, luego de observarlos y no encontrar ninguna habilidad sobrehumana o velocidad epiléptica.
-No te preocupes por la calidad, excepto la fruta que queda a la vista. Abajo podés poner lo que quieras- me dijo un pícaro y desgarbado francés.

Cuando intenté poner en práctica la nefasta praxis, fruto de la novedosa “viveza criolla” francesa, todo parecía ir a las mil maravillas. Agarraba prácticamente cualquier cosa, sin preocuparme por la calidad, excepto en la fruta en la superficie del balde.
Fenómeno, treinta y un baldes ese día, mucho dinero.
Después de un par de días de lluvia en los que no se trabajó, volvimos con todo, ya alertados mis amigos de que la estrategia corrupta andaba bárbaro. Excepto que a media mañana el supervisor me llamó y me dio un papelito prolijo y formal. “Esto es una carta de advertencia… tu fruta del viernes fue de una calidad pésima, si sigue ocurriendo quizá recibas una visita de unos amigo grandotes a los que les gusta mucho hablar… con sus puños”.
Ah, no, lo último se me traspapeló de alguna película pedorra de matones. Pero lo de la carta es cierto. Y merecido, en verdad. Eso es lo lindo de los malos hábitos, que aunque en algunos casos parezcan lo más conveniente, en verdad siempre son castigados.
Aunque yo fui el único que recibió carta de advertencia, muchos otros hicieron desmanes similares, por lo que los peces gordos de la empresa decidieron ponernos bajo el mando de un supervisor recio y de antecedentes castrenses (cabo segundo en la última guerra contra los maoríes rebeldes, según cuentan). Molesto como pocos, el chabón. Encima se notaba que había superpoblación de pickers (recolectores) por lo que en cinco o seis horas por día terminábamos los lotes de mierda que nos tocaban, con poca fruta y sólo en las copas de los cerezos.



Así que un día con Ricky, mi capo compa chino, decidimos cambiarnos a la mayor empresa de todas, NZ Cherry Corp. Y ahí fuimos. Y estuvo bueno, mayormente. El caso es que a veces tocaba recolectar la fruta que no estaba madura en la primera recolección. Ahí se complicaba para obtener dinero. Pero un par de días de excelente fruta y bastante calorcito, luego de once horas -parando sólo un par de veces para visitar los exquisitos baños químicos y volver corriendo- engañando la sed y el hambre (ya se imaginarán con qué)* se pudo hacer un dinero aceptable.
Al final de la temporada, cuatro semanas, finalmente terminamos obteniendo el mismo dinero que en la mayoría de los otros empleos estacionales, pero con la ubicación estratégica del pueblo pudimos visitar muchos otros lugares, al estilo Bariló-S.M. de los Andes, y otros aún más maravillosos (Milford Sound, alto fiordo).
Después de invertir un dinerillo en arreglar el auto para obtener la renovación de la WoF (garantía de buen funcionamiento, como la VTV en Argentina), y de invertir igual cantidad de dinero en actividades increíbles e inolvidables,  emprendí un largo viaje, desde Queenstown a Christchurch, 600 aburridos kilómetros, teniéndome a mí mismo como única compañía. Alto fiasco.
Dos grandes cosas estaban a punto de suceder, una muy buena y otra muy malita…

* No, la respuesta no es “merca”.

Un poema bien copado, para variar:


Poema 20

Puedo escribir los versos más tristes esta noche.

Escribir, por ejemplo: «La noche está estrellada, 
y tiritan, azules, los astros, a lo lejos.» 

El viento de la noche gira en el cielo y canta. 

Puedo escribir los versos más tristes esta noche. 
Yo la quise, y a veces ella también me quiso. 

En las noches como ésta la tuve entre mis brazos. 
La besé tantas veces bajo el cielo infinito. 

Ella me quiso, a veces yo también la quería. 
Cómo no haber amado sus grandes ojos fijos. 

Puedo escribir los versos más tristes esta noche. 
Pensar que no la tengo. Sentir que la he perdido. 

Oír la noche inmensa, más inmensa sin ella. 
Y el verso cae al alma como al pasto el rocío. 

Qué importa que mi amor no pudiera guardarla. 
La noche está estrellada y ella no está conmigo. 

Eso es todo. A lo lejos alguien canta. A lo lejos. 
Mi alma no se contenta con haberla perdido. 

Como para acercarla mi mirada la busca. 
Mi corazón la busca, y ella no está conmigo. 

La misma noche que hace blanquear los mismos árboles. 
Nosotros, los de entonces, ya no somos los mismos. 

Ya no la quiero, es cierto, pero cuánto la quise. 
Mi voz buscaba el viento para tocar su oído. 

De otro. Será de otro. Como antes de mis besos. 
Su voz, su cuerpo claro. Sus ojos infinitos. 

Ya no la quiero, es cierto, pero tal vez la quiero. 
Es tan corto el amor, y es tan largo el olvido. 

Porque en noches como ésta la tuve entre mis brazos, 
Mi alma no se contenta con haberla perdido. 

Aunque éste sea el último dolor que ella me causa, 
y éstos sean los últimos versos que yo le escribo.


Pablo Neruda