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martes, 24 de abril de 2012

Uhhhh, vorágine temporal



El tiempo se sucede con un ritmo bamboleante: las jornadas laborales tienen vocación de interminables, las semanas se desarrollan plagadas de anécdotas, nuevas caras y recónditos descubrimientos... causa asombro darse cuenta de que ya es miércoles, si recién estábamos puteando el domingo; y que hace casi un mes y medio desde la llegada a territorio kiwi, habiendo hecho y aprendido más cosas que en años de vida “estable”.
Como una ex-workinholidera atestiguó recientemente en una interesante nota en el diario La Nación, el viaje es una especie de libro Elije tu Propia Aventura, en donde el protagonista (léase una persona con actitud infantil ante la vida... gran acierto) continuamente se enfrenta con opciones algo arbitrarias, de las cuales puede desistir casi indemne, y que tienen cien por ciento de probabilidades de mejorar en algo al sujeto.

¿Qué hacer al terminar la temporada fuerte del empaque de fruto kiwi? ¿Comenzar por el sendero más marcado por otros latinos (Wellington-Christchurch-Queenstown)? ¿Caretearla en un hotel en Taupo, una bodega en Blenheim, un restaurant en Mount Maunganui? ¿Regresar al Norte hacia Auckland, o más aún, a Keri Keri, desafiando la corriente migratoria obvia? Las posibilidades son tantas que el sujeto se encuentra como parado frente a una encrucijada infinita. Igual sabe que todos los caminos terminan más o menos en lo mismo, diversión, austeridad, algún leve tropezón, enseñanzas y varios contactos nuevos en el Facebook.

Como dijera Carmen (nombre en clave de la supervisora de la Packhouse), a la pequeñísima jefa filipina: “Nícolas speaks too much, that's why he can't wrap all the boxes” (Nicolás habla demasiado, por eso no llega a envolver todas las cajas) pero ahora lo dice riéndose, ya no es más la maorí sargentona de hace una semana. O sea, ya está medio maternal, aunque sí sigue siendo maorí. Pero bueno, la cuestión es que está todo bien, jaja. :) Si supiera que hace un par de años yo no hablaba ni que me pagaran. Menos que menos con desconocid@s asiátic@s, ponele, jajaa.

Cada vez me convenzo más de que el zoológico humano que es la packhouse en donde paso casi la mitad cronológica de todos mis días, viendo algo de la luz solar a través de los barrotes de la sala de recreo, brinda un abanico étnico que por sí sólo justifica residir en las afueras de un pueblo mínimo, Te Puke, alias La Colina (en maori), alias Te Embole (en argento). Encima el dinero lentamente comienza a volver la situación financiera a como estaba antes del viaje. Y eso me recuerda al asequible Sudeste Asiático... bueno, basta.

Como nota final, hoy recordé alguna postal aryentinísima, específicamente con el sudor de un stacker (apilador) que deambulaba en la misma zona que yo en el laburo. El tipo dejaba una impronta de olor a chivo con evidentes reminiscencias a pizza de muzzarella muy barata y grasosa. Juro que era eso, una patada al hígado de sólo fumarse esa baranda.

Me despido recordándoos el poder de acercamiento cultural que puede tener el juego de las “manitos calientes” o la infalible “pulseadita china”, en mi caso derrotando a una coreana poco afín al inglés y teniendo como público involuntario a gran parte de los compañeros de trabajo de la línea tres, riendo al ver que una boludez rompía la gris monotonía de la vida del proletario rural.

Xiè xiè!! (“chau”, como se suele decir allá por los pagos chinos)

Tongariro es tan Mordor, como yo Paul McCartney

La piel de la roca virgen
             negra como el alma de Menem
              y tosca cual el que escribe
marcaba una cadencia conjunta
un latido terreno
comunión entre el volcánico sustrato
y los  pasos de los paganos
que osamos fisgonear Mordor

Respiramos y nos embriagamos
del aire montañés, glacial y hermoso
que nos entumeció los dedos y los labios
            (los pies ateridos)
y a la vez, avivó la Hoguera del Espíritu

Los pies suplicaban clemencia
una tregua a tan telúrica paliza
¡cobardes! Frodo y Sam fueron deprisa
descalzos, cargando el Anillo del Mal
y más aun, sin químicos baños y eludiendo orcos

El  azufre y la hechicería colorida
de los lagos psicodélicos
extasiaron la vista
y acaso camuflaron el trecho indómito
bajada en acarreo, polvo y piedra suelta.
En los resbalones y en las teletúbicas caídas
el Monte del Destino, alias Tongariro
se cobró algo de sangre, tributo justo.

De la enormidad avasallante de los volcanes
y las impertérritas pampas en el medio
fumamos algún vapor sulfuroso
y descendimos por el páramo
a las cascadas del bosque
sin toparnos, por ventura
con bestias de antología
(que seguro están, eh)
que por esta vez perdonaron
nuestras verdes vidas.
Reverenciamos el  sortilegio mordoriense
y retornamos al hogar más cansados
y sabios
y profundos
que un día antes.

PD: Próximamente saldrá alguna foto, para ponerle un poco de onda a esta cosa medio nerd ¡aguanten los libritos llenos de dibujos, loco!

viernes, 13 de abril de 2012

Vulgaridad y excesos en la tierra del rock n' roll



Lamentablemente, después de llamar vuestra atención diré que nada en el título es cierto (o si alguien conoce algo similar por acá, ¡que avise, po!).

En mi experiencia personal y de allegados, fuentes de confianza cuyos nombres serán conservados en el anonimato (¿?), algunos detalles mágicos que quizá diagnostican una existencia simplísima de campiña kiwi:

-Toda la ropa propia cabe en un solo cajón de chiffonier (o como se escriba)

-El espacio privado es un santuario de puertas abiertas, en una vivienda compartida con hindúes, asiáticas, y una familia kiwi, donde jamás se celan las pertenencias (también se ingresa sin calzado, bien hipster, jaja)

-La creme de la creme es la gente que consiguió "pega" (laburo) catorce horas... total, en esta plácida vida campestre no hay demasiado para hacer, más que juntar kiwidólares para arrasar el Sudeste Asiático, y después de la jornada de trabajo (esclavocof cof cof, qué tos que tengo) con suerte huevear un rato en internet, cocinar algo y luego vegetar hasta retornar al empleo, sin recibir jamás luz solar en forma directa.

-Se frecuenta demasiado a otros latinos, especialmente connacionales, y se trata con  desconocimiento/perplejidad a la gente de grupos étnicos excéntricos (para uno, claro), como malayos, coreanos, chinos, japoneses (en el caso en que uno pueda distinguirlos), hindúes convencionales de bigote o los sandokanes de turbante y súper barba, o las inusuales pibas de las Islas Salomón, de tez azabache, facciones pseudocaucásicas y sempiterna sonrisa.
Esto se da tanto en los sitios de alojamiento (camping multitudinario, acá llamado holiday park), como en el lugar de trabajo, donde durante los recreos estilo escuela, en el patio donde se consumen drogas psicotrópicas legales, cafeína y nicotina a elección, se nuclean los compañeros de trabajo según cultura. Por aquí los indios, allá los locales, de este lado algunos asiáticos y en las mesas careta (?) los latinos. Como lo que Hollywood muestra de los patios de las cárceles, más o menos, ¿no?

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Párrafo aparte merece el trabajo per se, en el que una larga cadena de gente invadida del espíritu proletario deja pedazos de sus vidas con la mente fija en el futuro que se saboreará luego.
Pero no todos "padecemos" lo mismo. Los graders (evaluadores)  se duermen de tedio (¡cachai que da lata, po!). Por otra parte los packers (empacadores) vivimos atormentados por la lentitud de los que mandan las cajas, y blasfemamos contra la máquina expedidora de kiwis, seguramente operada por el mismísimo Ángel de las Tinieblas, que arroja los frutos a un ritmo demencial.
Y por último los stackers (apiladores, alias "mulos") que generalmente estropean su espalda por NZ$ 0,40 más por hora de sueldo.
Hasta que la temporada no comience oficialmente, definida con arbitrarios y oscuros criterios, el ritmo de trabajo en la packhouse sigue siendo irregular, tipo Tres jornadas de once horas y luego tres días libres, que permiten un estilo de vida aceptable pero dificultando el ahorro.
Y nosotros, la gran mayoría de latinos, muertos de hambre y de sed de aventura, nos bancamos esta telúrica existencia sólo con la ambición de rockearla en Asia con el dinero ahorrado... pero bueno. La magia para sobrellevar la calma está en las excursioncillas a sitios cercanos a nuestro adoptivo Te Puke: las playas de Mt. Maunganui, Papamoa y Maketu; las cascaditasª cercanas; la geotermalidad y el olor a pedo de la otherwise agradable Rotorua; o la grandiosa calidez de Cathedral Cove y resto de la Península de Coromandel, con paisajes estilo tropical, y mucha, pero mucha onda (H) ¡Eaaaaaaa!

ª "de Foca", para entendidos

Bueno, iáaa, eso es todo, gente beiaa :)

Impromptu irreverente

Azar, arroz
Banana, belleza
calor, cosecha
Dudas, dinero
Escabio, espartano
Frutas, fragancias
golosinas, gracias
Historias, haciendas
Informalidad, indios
Joda, justicia
Kiwis
Lujo, limpieza
Malayos, maoríes
Nubes, nevizcas
Obreros, ovejas
Pakehas, picking
Quintaesencia, Queen
Realidad, rupestre
Salvaje, "seleste"
Tranquilidad, Turismo
Ubriacchi, umanismo :O
Vasto, vacuno
Whisky, wevón
X-rated, xenón
Yetados, yerrosos
Zapallos, zarrapastrosos

sábado, 7 de abril de 2012

El Efecto Te Puke, o cómo los deseos y las necesidades no se ponen de acuerdo


Bajo el influjo del Efecto Te Puke nos encontramos sumergidos en una atmósfera cuasi marginal; pero con trabajo y auto, eh, ojo.
Hemos vivido dos semanas en un bungalow en su mínima expresión (“bungalow” como eufemismo de “casilla”, jaja), en un camping con una centena de borders de la sociedad, conformando una suerte de asentamiento gitano trucho, una comunidad de múltiples y mutantes tentáculos étnicos.
El Efecto Te Puke suele producir otras manifestaciones sintomáticas: primero, ansiedad exacerbada durante la búsqueda de empleo seguro en una empacadora de kiwis (pack house), visitando cada una varias veces, hasta el hartazgo. A continuación, a la euforia por obtener el tan ansiado­ empleo le sigue una flojera existencial (¿quién me mandó a trabajar once horas por día en este templo de la decadencia mercantilista, poniendo fucking frutitas en cajitas, a razón de una por segundo?), que posiblemente se atenúe al recibir el primer pago -cuando lo experimente les digo-.

Las digresiones metafísicas continúan al plantearse el exilio desde el Te Puke Holiday Park, alias “el Campo de Refugiados chic” (¿?) ¿Una cama en habitación compartida con ocho personas arriba de un pub irlandés al mejor estilo “El Caldero chorreante”? ¿Casa con internet y el confort de una existencia vana y pseudo burguesa, carente de la componente social de los asentamientos colectivos? ¿Desistir de la mudanza y permanecer en el camping del pueblo, ghetto impromptu, inmersos en el mambo cosmopolita y la camaradería casual, pero cagándonos de frío al bañarnos y teniendo que recorrer cien metros para mear “legalmente”?

Los escasos e imprevisibles días libres transcurren entre búsquedas laberínticas, conversaciones variopintas, agradables excursiones de bajo presupuesto, y comidas de corte eco-nómico-lógico, con nueces, paltas y manzanas recolectadas de fecundos árboles cercanos sin aprovechar.
¡Fariseos del siglo XXI, podéis maldecirnos por violar el sagrado Sabbath tomando de la Pachamama lo que ésta tan gentilmente presta al viajero frugal!
Muy lejos estamos de la legendaria imagen de Jesús y compañía recogiendo granos de trigo en el día santo de descanso, pero el desprecio crítico hacia los convencionalismos infundados permanece inalterado. No es ésta, sin embargo, una declaración estilo “guevarismo de cotillón”, es fácil decirse rebelde en un país donde las noticias policiales relatan con escándalo el hurto de carne desde freezers en los garajes, y donde casi cualquier vestigio de conciencia social se adormece con unas cervezas vespertinas y la seguridad que brinda un dinerillo en la cuenta bancaria.
Más allá de todo, no quiero dejar una impresión incompleta; en este país las reglas se respetan. Porque funcionan. Posta.

Sono le cose che capitano a volte

Epopeya complicada
Quedarse sin batería
Por olvidar encendidas
Las lucecillas del auto
Y enterarse con espanto
Como tres horas más tarde.
A aquel capo, Dios lo guarde
Que nos salvó del mal rato

En el cielo las estrellas
En el campo las espinas
De la pródiga Argentina
Embajadores abundan
No hay forma que se confundan
En bucólicos puebluchos
Jode pues que seamos muchos
Y a estos lares más confluyan

En cada pueblo un McDonald’s
Exceptuando al gran Maketu
Alzo la mano y “prometu”
No faltar a la verdá’
Si digo que en realidá’
Al consumismo absoluto
Acá se rinde gran  tributo
Pierden pues la identidá'

Lisa y sin preocupaciones
Esta vida cotidiana
Con sólo comida y nafta
Somos gente afortunada
Encima acá no pasa nada
Si dejás la puerta abierta
La gente siempre respeta
Es la tierra ‘e la confianza

domingo, 1 de abril de 2012

Se puede sobrevivir mucho tiempo sin internet, gracias NZ


La Bahía de la Abundancia (Bay of Plenty) necesita de precipitaciones recurrentes para brindar tamaña prodigalidad. O dicho en palabras más prosaicas, ¡pucha, que salga el sol, po!
Vinimos en busca de la versión aggiornada del American Dream, el “Kiwi Dream”, ponele.
La estabilidad de una vida predecible, con trabajo fijo soportablemente esclavizante y ascenso profesional, un matrimonio con una fachada de amor saludable y dos niños rubios, sonrientes y perfectos, se cambia por la esperanza de un laburo estable de inicio inmediato, que requiera pensar poco y signifique mucho dinero (léase packhouses, empacadoras de kiwi), para costearse un alojamiento compartido piola, en una casa con otra gente joven donde organizar reuniones los fines de semana, alimentarse por monedas; juntar kiwidólares [todo lo bueno acá es kiwi: la fruta millonaria, la plata, el inextricable pájaro, el banco más eficiente, etc] pa’ recorrer el paisito y luego el tan ponderado y anhelado Sudeste Asiático).
Por ahí algo que tienen ambos en común es la posesión de un auto. Pero acá el automotor (con suerte una van) cuesta dos o tres semanas de sueldo mínimo. Y suele transportarlo a uno hacia la realidad: la incertidumbre del momento de inicio del trabajo, la dureza del mecanismo lobotomizante de la cosecha (picking) de kiwis, la imposibilidad de acceder a internet (ni hablar de los precios astronómicos y la pésima calidad), etc.
El paraíso es imperfecto.
El improvisado presente tumba una pieza de dominó del mañana que se está decidiendo con cada mínima elección de cada momento: ir a uno u otro supermercado, subir al Monte Maunganui descalzo, por el sendero difícil, bañarse en las duchas heterodoxas del camping donde uno “habita”, …
El aprendizaje es casi tan inevitable como la entropía, y como la gravedad que hace despegar el retrovisor del Mitsubishi Diamante que un individuo X adquiriera junto a dos dispares compatriotas cordobesas, en una ciudad con fumarolas y vaporcillos sulforosos.
Como píxeles en la foto caleidoscópica de la última semana, se destacan el humor cordobés del gran Mariano, la risa y enseñanzas filosóficas de la genia Ceci, la camaradería complicísima de la Lore, la Caty y las Danis (y el infructuoso intento de imitar la chilenaza tonada), las conversaciones con italianas y maoríes, las festicholas con dieciséis latinos y un pakeha en una casilla de 3x3, las jornadas de playa piola y vistas panorámicas en el Monte Maunganui, etceterísima :D

Ah, estoy morando en Te Puke, la capital mundial de la fruta kiwi, gurises :D Alto pueblooo.

Actualización : Hasta hoy no ha vuelto a llover, alto clima, bo’ ;)

Divagando acá,  en el crepúsculo aucklandense

En el lumen dispersado
Por partículas de polvo
En la alfombra iridiscente
De prejuicios me despojo

En la cruz insoslayable
Por gravámenes ficticios
Yo descreo mis creencias
Pero no su beneficio

En la hierba reverdecen
Impolutas sensaciones
Mas no dejo de eludir
Premisas con corazones

En aquella prosa esforzada
Por tesón, esfuerzo y fuego
Milito en la fantasía
Y siento que me supero

En la sonrisa que escapa
Se hace humo el ministerio
De valentía inculcada
Que por algo no evidencio

La kiwi ciudad rezuma
Cien culturas babelianas
De armónica convivencia
Mas aun no como hermanas

En el fragor de aire puro
El alma busca sosiego
No es extraño que esta patria
Genere tamaño apego