El tiempo se sucede con
un ritmo bamboleante: las jornadas laborales tienen vocación de
interminables, las semanas se desarrollan plagadas de anécdotas,
nuevas caras y recónditos descubrimientos... causa asombro darse
cuenta de que ya es miércoles, si recién estábamos puteando el
domingo; y que hace casi un mes y medio desde la llegada a
territorio kiwi, habiendo hecho y aprendido más cosas que en años
de vida “estable”.
Como
una ex-workinholidera atestiguó recientemente en una interesante
nota en el diario La Nación, el viaje es una especie de libro Elije
tu Propia Aventura, en donde el protagonista (léase una persona con
actitud infantil ante la vida... gran acierto) continuamente se
enfrenta con opciones algo arbitrarias, de las cuales puede desistir
casi indemne, y que tienen cien por ciento de probabilidades de
mejorar en algo al sujeto.
¿Qué
hacer al terminar la temporada fuerte del empaque de fruto kiwi?
¿Comenzar por el sendero más marcado por otros latinos
(Wellington-Christchurch-Queenstown)? ¿Caretearla en un hotel en
Taupo, una bodega en Blenheim, un restaurant en Mount Maunganui?
¿Regresar al Norte hacia Auckland, o más aún, a Keri Keri,
desafiando la corriente migratoria obvia? Las posibilidades son
tantas que el sujeto se encuentra como parado frente a una
encrucijada infinita. Igual sabe que todos los caminos terminan más
o menos en lo mismo, diversión, austeridad, algún leve tropezón,
enseñanzas y varios contactos nuevos en el Facebook.
Como
dijera Carmen (nombre en clave de la supervisora de la Packhouse), a
la pequeñísima jefa filipina: “Nícolas speaks too much, that's
why he can't wrap all the boxes” (Nicolás habla demasiado, por eso
no llega a envolver todas las cajas) pero ahora lo dice riéndose, ya
no es más la maorí sargentona de hace una semana. O sea, ya está medio maternal, aunque sí sigue siendo maorí. Pero bueno, la cuestión es que está todo bien, jaja. :) Si supiera que hace un par de años yo no hablaba ni que me pagaran.
Menos que menos con desconocid@s asiátic@s, ponele, jajaa.
Cada
vez me convenzo más de que el zoológico humano que es la packhouse
en donde paso casi la mitad cronológica de todos mis días, viendo
algo de la luz solar a través de los barrotes de la sala de recreo,
brinda un abanico étnico que por sí sólo justifica residir en las
afueras de un pueblo mínimo, Te Puke, alias La Colina (en maori),
alias Te Embole (en argento). Encima el dinero lentamente comienza a
volver la situación financiera a como estaba antes del viaje. Y eso
me recuerda al asequible Sudeste Asiático... bueno, basta.
Como
nota final, hoy recordé alguna postal aryentinísima,
específicamente con el sudor de un stacker (apilador) que deambulaba
en la misma zona que yo en el laburo. El tipo dejaba una impronta de
olor a chivo con evidentes reminiscencias a pizza de muzzarella muy
barata y grasosa. Juro que era eso, una patada al hígado de sólo
fumarse esa baranda.
Me
despido recordándoos el poder de acercamiento cultural que puede
tener el juego de las “manitos calientes” o la infalible
“pulseadita china”, en mi caso derrotando a una coreana poco afín
al inglés y teniendo como público involuntario a gran parte de los
compañeros de trabajo de la línea tres, riendo al ver que una
boludez rompía la gris monotonía de la vida del proletario rural.
Xiè xiè!!
(“chau”, como se suele decir allá por los pagos chinos)
Tongariro
es tan Mordor, como yo Paul McCartney
La piel de la roca virgen negra como el alma de Menem y tosca cual el que escribe marcaba una cadencia conjunta un latido terreno comunión entre el volcánico sustrato y los pasos de los paganos que osamos fisgonear Mordor Respiramos y nos embriagamos del aire montañés, glacial y hermoso que nos entumeció los dedos y los labios (los pies ateridos) y a la vez, avivó la Hoguera del Espíritu Los pies suplicaban clemencia una tregua a tan telúrica paliza ¡cobardes! Frodo y Sam fueron deprisa descalzos, cargando el Anillo del Mal y más aun, sin químicos baños y eludiendo orcos El azufre y la hechicería colorida de los lagos psicodélicos extasiaron la vista y acaso camuflaron el trecho indómito bajada en acarreo, polvo y piedra suelta. En los resbalones y en las teletúbicas caídas el Monte del Destino, alias Tongariro se cobró algo de sangre, tributo justo. De la enormidad avasallante de los volcanes y las impertérritas pampas en el medio fumamos algún vapor sulfuroso y descendimos por el páramo a las cascadas del bosque sin toparnos, por ventura con bestias de antología (que seguro están, eh) que por esta vez perdonaron nuestras verdes vidas. Reverenciamos el sortilegio mordoriense y retornamos al hogar más cansados y sabios y profundos que un día antes.
PD: Próximamente saldrá alguna foto, para ponerle un poco de onda a esta cosa medio nerd ¡aguanten los libritos llenos de dibujos, loco!