Calcada de los más
pomposos (grosos) folletos de promoción, gente. Una nación en donde nada malo
puede pasar.
Bueno, quizás puede infectarse alguno de los siete raspones que uno se hizo jugando al voley en la playa de blanquísima arena o chocándose con un arrecife filoso al perderse hacienda snorkelling. No se infecta porque sí, es que uno anda en pata todo el día, como en los lugares sagrados. Las zapatillas se sacan antes de entrar al Santuario (en el aeropuerto), y vuelven a colocarse al volver al corrompido mundo exterior (al salir del País).
La herida también se infecta,
como decíamos, por causa del agua turbia de una laguna donde uno compartió un rato de
nado con tortugas gigantes, y se agravó al meterse debajo de una cascada
selvática.
¿Crimen? ¿Frío?
¿Estrés? ¿Contaminación? ¿Horarios? ¿Hambre? ¿Ambición? ¿Mal humor? Pff.
Elementos desconocidos acá.
¿Información?
¿Curiosidad? ¿Organización? ¿Libertad religiosa real? Bueno, massssomeno’, la
verdad. Mucho falta para optimizar los servicios turísticos, agregarle
boludeces a las atracciones para brindar más servicio y poder cobrarlas más
caras, etc. Ah, y que los robustos, hospitalarios y alegres samoanos sepan algo
de lo que ocurre fuera de su aldea.
(Aclaración: cuando
hablamos de “alegres y hospitalarios” nos referimos a los habitantes de las
zonas rurales y una pequeña proporción
de los moradores de Apia, la única ciudad propiamente dicha. Ciudad grande =
gente desconfiada, caracúlica o simplemente mala.)
(Fin de la aclaración,
bastante pedorra por cierto.)
Por otro lado, existen
seis o siete ramas del cristianismo, representadas acá por más o menos una
iglesia cada 50 habitantes (numerous subjetivos totalmente desacreditados por
el Parlamento de Samoa, si lo hubiere).
El grupito de turistas
sudacas en plan de vacaciones baratas se tomó un transporte colectivo local (de
madera, sin vidrios, con el volante del lado incorrecto) donde todos los
pasajeros, locales, saludaron sonriendo. Destacose Selesa, quien indicó dónde
bajar para nadar con las tortugas, y de yapa ofreció alojamiento y comida,
genia absoluta.
Los viajeros sabían
que dicho bus pasaría por el camino de regreso en tres horas, pero al no tener
manera (ni necesidad real, ni ganas) de medir el tiempo, la muchachada se
relajó, llegó al laguito de las tortugas, se fotografió nadando con muchas de
ellas, en algún punto ofendidas y tirando besitos medio agresivos, o quizás
eran mordiscos... bueno, no sé. Hasta que en algún momento el conductor del bus hizo su
aparición; un personaje entrañable, el tipo.. Esperó a que los pibes se
secaran, tomaran más fotitos y caminaran hasta el vehículo -pertrechado con un
excelente equipo de audio reproduciendo reggae y otras musiquitas locales de
ese estilo-, para luego a mitad del viaje ¡comprar cocos fríos y regalárselos a
los pasajeros para que se refrescaran! Un ejemplo de la magia que tiene este
querido pueblo del Pacífico, lleno de gente que en algún momento de su vida fue
a trabajar a EEUU, Nueva Zelanda o Australia, pero quiso luego permanecer en su
país, es decir, en su Paraíso.
Esta gente la pasa bien, es feliz, incluso FeLIz. Existencia simple, con algo de comida y el cariño de la gente querida es suficiente. ¿Trabajan bastante? Y, sí, como un 80% (?). ¿Tienen muchas posesiones? Ni loco, son pobres vistos desde el punto de vista occidental, pero tienen todo lo que quieren. Tomá, gil.
Continuará...
(Ah, se hacía el misterioso, el zopenco.)
Rumor brujo, canto coral
turquesa del Paraíso
Pacífico nombre honrar
blanca arena, suelo divino
Pueblo amigable, risueño
recuerdos de tarde playa
la brisa que en el ensueño
eleva espíritu y alma
Encendido el Sol calienta
los físicos transpirados
la simpleza nos alienta
a entender e iluminarnos
En la risa inmensa y pura
de los nobles samoanos
comprendí la ciencia dura
de aceptarnos como hermanos.


